El periodismo independiente no murió: lo dejaron sin oxígeno

Op-ed

Durante mucho tiempo creí que escribir sobre ciencia y tecnología —y sobre cómo afectan a la sociedad— era un terreno seguro. Basado en evidencia. Neutral. Necesario.

Me equivoqué.

Hoy, incluso hablar de agua contaminada, seguridad alimentaria, exposición ambiental o daños tecnológicos se trata como un riesgo. No porque sea falso, sino porque exige responsabilidad.

Y la responsabilidad es cara.

Esto no es un fracaso del periodismo. Es un fracaso del poder.

Si las corporaciones actuaran con un mínimo de legalidad, ética e integridad, no necesitarían gastar enormes cantidades de tiempo y dinero en silenciar a quienes señalan sus abusos. No necesitarían ejércitos de abogados, agencias de relaciones públicas ni empresas de “gestión de reputación”. No necesitarían que las plataformas reduzcan discretamente la visibilidad de las críticas.

Los sistemas sanos no temen el escrutinio.
Los frágiles, sí.

Lo que hoy llamamos “censura” rara vez adopta la forma de una prohibición directa. No se borra el contenido. Simplemente no se muestra. Los resultados de búsqueda se agotan antes de tiempo. La distribución se seca. El descubrimiento desaparece.

En la práctica, el efecto es el mismo.

Este sistema no premia la verdad. Premia el bajo riesgo. Y nada es más riesgoso que un periodismo que conecta causas con consecuencias.

Por eso se empuja a los periodistas a hablar de efectos sin nombrar responsables. De síntomas sin señalar orígenes. De historias sin rendición de cuentas. No por falta de valentía, sino porque el sistema castiga la claridad.

Mientras tanto, el contenido superficial prospera. No porque sea mejor, sino porque es seguro. No incomoda a anunciantes, inversionistas, reguladores ni departamentos legales. Los algoritmos no prefieren la estupidez; prefieren la inofensividad.

El periodismo independiente no fracasó de repente. Nunca fue diseñado para sobrevivir dentro de plataformas optimizadas para la certeza, la escala y la evasión de responsabilidades.

La verdad incómoda es esta: el periodismo independiente casi siempre ha existido más como registro que como alcance. Su valor nunca estuvo en la popularidad, sino en dejar constancia: en demostrar que alguien vio, alguien advirtió, alguien habló.

Si hoy escribir sobre agua contaminada, alimentos o daños tecnológicos parece peligroso, eso dice algo mucho más grave que el estado del periodismo.

Dice cuán poco margen le queda al sistema para tolerar la verdad.


 

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