Vinculación: cuando la universidad enseña a dejar de ser periodista

Op-ed

Cuando estudié la maestría en periodismo, no lo hice por ingenuidad. Sabía que tenía facilidad para escribir, que el grado sería relativamente sencillo y que, en el mejor de los casos, serviría como una credencial más en el currículum.

Lo que no imaginé fue descubrir, desde dentro, cuán normalizada está la renuncia.

En clase nos dijeron sin rodeos que el periodismo de investigación estaba muerto. No como diagnóstico histórico, sino como advertencia práctica. Si queríamos escribir y vivir de ello, debíamos “vincularnos”: con una ONG, una red, una fundación, un medio respaldado por intereses más grandes.

Y entonces escribir lo que ellos quisieran que escribiéramos.
Usar sus fuentes.
Adoptar su marco.
Moverse dentro de su perímetro.

A eso lo llamaron vinculación.

El término suena técnico, incluso responsable. Pero en la práctica describe otra cosa: dependencia. La cesión anticipada de la independencia a cambio de protección, visibilidad y salario.

No se nos enseñó cómo investigar el poder desde fuera. Se nos enseñó cómo integrarnos a estructuras ya existentes y operar dentro de límites cuidadosamente definidos. No para incomodar demasiado. No para señalar responsables incómodos. No para abrir frentes que nadie esté dispuesto a respaldar legalmente.

Eso no es formación profesional. Es adiestramiento.

La ironía es que el discurso ético permanece intacto. Se habla de rigor, de servicio público, de responsabilidad social. Pero todo ello condicionado a una pregunta previa: ¿quién te respalda?

Sin respaldo institucional, la ética se vuelve un lujo.
Sin red, la verdad se vuelve un riesgo.
Sin “vinculación”, el periodismo deja de ser viable.

Así, la universidad no prepara periodistas para investigar, sino para alinearse. No para cuestionar sistemas, sino para navegar dentro de ellos sin hacer demasiado ruido. La independencia se presenta como una ingenuidad juvenil que hay que superar.

El mensaje es claro: investigar por cuenta propia no es valentía, es imprudencia.
La autonomía no es virtud, es un error estratégico.

Y lo más inquietante es que esta lógica ya no se discute como una tragedia, sino como una realidad asumida. Se enseña. Se normaliza. Se institucionaliza.

No es que el periodismo haya perdido su función crítica por accidente. Es que el sistema educativo ya forma profesionales adaptados a un ecosistema donde la crítica sin patrocinio no tiene lugar.

Llamar a eso “vinculación” es elegante.
Pero no lo vuelve menos triste.

 

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